Verde.

Todo estaba muerto en esa casa.

Podías notarlo en cada rincón lleno de polvo y arañas, en cada sonido de cada puerta envejecida y dañada. El gato era, tal vez, lo único que parecía con vida, aunque su color blanco poco ayudaba a percibirlo como algo más que un fantasma de un pasado ya cada vez más difícil de recordar.

Él también parecía un cadaver, no porque su corazón ya no palpitase, ni porque su piel hubiese perdido su color, era por la forma en que sus ojos miraban al mundo, por la manera en que se movía, por como hablaba, cuando lo hacía, claro.

Esa mañana se levantó como cualquier otra, tropezándose con el desorden de su pieza. Tenía que trabajar, pero no tenía trabajo; tenía que comer, pero no había nada que no estuviese vencido en su refrigerador; tenía que vivir, pero había perdido las ganas de hacerlo.

La culpa es de ella. O eso es lo que le gustaba pensar, siempre evadía su responsabilidad, siempre evitaba darle muchas vueltas al asunto. Ya no estaba, ni volvería. Esas eran las únicas dos certezas que podía albergar en su corazón y en su mente cansada de tanto sufrir.

Todo estaba muerto en esa casa.

No era raro encontrarse con papeles tirados en el medio del pasillo. El baño olía a mierda y a putrefacción, la tina –alguna vez blanca– estaba teñida con un gris que por años se había acumulado sin que nadie lo evitara. La cocina no estaba mejor. Los platos sucios se acumulaban en todas partes; el lavaplatos, los mesones, sobre el horno y hasta dentro del microondas, en esa habitación no había ni un sólo objeto que no estuviese en contacto con la suciedad.

El jardín, oh, el jardín. En antaño solía estar lleno de abejas y mariposas saltando de una colorida flor a otra, el césped crecía libre y bien cuidado, el árbol de limones soltaba cientos de frutas en cada temporada; ellos solían repartirlos entre sus familiares, ellos solían hacer tantas cosas antes de que ella se fuera.

El gato parecía ser el único que aún podía disfrutar algo de lo que ahora era un desierto muerto lleno de tierra y olvido. Se recostaba en el suelo y daba vueltas bajo el sol hasta que su pálido semblante se convertía en un gris lleno de pequeñas hojas secas y hormigas, como si quisiese hacer juego con el resto de su hogar.

Todo estaba muerto en esa casa.

Salió de su pieza y caminó hasta el único sillón que tenía en su sala de estar. Al echarse encima, una nube de polvo lo envolvió haciéndolo estornudar. Maldijo en silencio mientras miraba el techo fijamente, explorando sus detalles con tanto interés como le era posible sentir.

Miró cada grieta preguntándose en cuál de todas habría alguna araña observándolo, miró las marcas en la madera y se cuestionó cuántos árboles habrían cortado para construir ese hogar, vio la pintura resquebrajándose y soltó un fuerte suspiro lleno de amargura.

Durante meses esa había sido su única dinámica; dormir, levantarse para echarse en su sillón y lamentarse de su miserable existencia. Pero esa mañana había algo distinto dentro de él, una sensación tan extraña que no podía encontrar la forma de explicarla; sentía la necesidad de moverse, de respirar, de encontrar algo más, de hacer algo.

Se puso de pie y sacudió el sillón hasta que no vio polvo sobre los cojines. Recogió los vasos que tenía repartidos por toda la casa y los dejó en la cocina; hizo su cama y barrió su pieza mientras el gato jugueteaba con la escoba; entró al baño y limpió esa grisácea tina hasta devolverle su blanco inicial, trapeó el piso y se deshizo de los olores que invadían la pequeña habitación. Luego dio vuelta la casa recogiendo cada papel, cada frasco vacío, cada cuesco podrido.

No podía estar todo muerto.

En cada mueble que limpiaba buscaba su vida, su felicidad, ¿dónde podían estar?, ¿se habían perdido realmente? Siguió buscando y buscando, tenía que encontrarlas, no quería seguir así, no quería morir.

La cocina fue el último lugar que le quedó por limpiar. Entró con temor a la negrura a la que se enfrentaría; los platos habían acumulado su pena en forma de manchas aceitosas de oscura forma y color, los mesones habían guardado todas sus lágrimas en forma de delgadas líneas de polvo humedecido, el piso estaba pegajoso con su dolor y él sólo podía limpiar y limpiar.

Dejó toda loza sobre el lavaplatos y blanqueó todos los mesones, mientras lo hacía podía sentir cómo caían sus lágrimas por su mejilla, incontrolables escapaban por unos ojos que ya estaban agotados de llorar; trapeó el suelo mientras sollozaba por el amor que había perdido, seguía buscando su felicidad, su vida, pero no las lograba encontrar. Botó todos los alimentos podridos y dejó vacío su refrigerador, lo volvería a llenar, empezaría de nuevo.

Finalmente llegó el momento de lavar los platos. Encendió el agua caliente y sintió como la tibieza de las gotas acariciaba sus manos mientras la esponja eliminaba los restos de su pena de cada plato, de cada vaso y cada cubierto. Pasó horas limpiando esa cocina, y cuando por fin lavó el último plato un terror gigantesco se apoderó de él; ¿dónde estaba su felicidad?, ¿dónde estaba su vida?, ya había limpiado todo, su casa ya no estaba muerta, ya no había putrefacción en cada rincón, no había polvo ni manchas, ¿dónde estaba su vida?.

Apoyó sus manos en el borde del lavaplatos e inclinando su cabeza hacia adelante volvió a encontrarse con su dolor; las lágrimas volvieron a correr por su rostro mientras sus sollozos pasaban de silenciosas palabras de pena a gritos de agonía, lloró y lloró sobre el lavaplatos como si sus lágrimas fuesen a limpiar aún más la loza. Lloró hasta que las lágrimas dejaron de salir y sus pulmones le rogaron que dejara de hacerlo, en un arrebato de desesperación encendió la llave y puso su cabeza debajo del chorro de agua. El frío lo obligó a apagar la llave y a abrir sus ojos.

Verde.

Fue lo primero que vio. Desde la grisácea rejilla del lavaplatos un pequeño tallo se alzaba hacia la libertad y, sobre él una pequeña hoja verde parecía saludarlo con timidez. Verde entre tanta muerte, verde entre tanto dolor, vida, eso es lo que había encontrado, vida.

Y entonces entendió; su casa no estaba muerta, su vida no se había acabado, su mundo no era negro, era verde. Verde como el césped de su antiguo jardín, verde como los árboles de la plaza donde la conoció por primera vez, verde como la pequeña hoja que lo saludaba desde un lugar tan extraño, oscuro y confuso como lo era su propio dolor. No era su vida la que tenía que encontrar, no era su felicidad la que buscaba, era simplemente la vida, la felicidad. Era el deseo de sentir que por muy muerto que podía sentirse tenía que haber algo que deseaba alzarse en su interior, era el anhelo desesperado de volver a ver la luz después de haberse acostumbrado a la oscuridad de su desolación.

Verde. Eso fue lo que encontró y con ese color volvió a sonreír. Con ese color volvió a levantarse y a caminar, con ese color encontró vida, encontró esperanza.

Y la casa ya no estaba muerta, ni lo estaría.

Nunca más.

Tu mirada

No te conozco, esa es la verdad.

No sé nada de ti más de lo que haz decidido compartir con mis oídos, no sé de tu pasado, ni de tu presente, y para qué hablar de tu futuro. No sé quien eres, sólo conozco la versión de ti que decides mostrarme.

No te conozco, esa es la verdad.

Sin embargo, está esa mirada, tu mirada. Sí, esos ojos profundos que adornan tu rostro de nieve, que acompañan tus labios carmesí y me sorprenden con su forma, con su fuerza, su intensidad.

Una mirada que me hizo sentir que conocía de ti más de lo que era posible; una mirada que habla por sí misma, libre, sin reglas ni ataduras, sin cadenas ni mentiras, libre, repito, de secretos y mentiras, libre de todo, salvaje, imposible de contener cuan torrente marino o tormenta invernal.

Ahogaste con esos ojos los míos y ellos me traspasaron historias imposibles de expresar con palabras, me contaste de ti, de tus temores y alegrías, de tu esencia y tus deseos. Vi tu dolor y tu felicidad nadando en el océano que es tu mirada y caí cautivado, anonadado ante su brillo y su forma, pasmado ante su sinceridad.

No te conozco, esa es la verdad.

Tal vez no sepa de ti, quien eres o dices ser. Tal vez no sepa de tu pasado o del posible futuro, tal vez no sepa nada… y aún así sé que conozco algo que no muchos ven. Certeza tengo de que tu mirada contará más historias con su color, con su belleza, y sé también que no seré yo quien las vea, pero aún así sonrío.

Sonrío porque aunque fuese por unas horas frías y distantes, esa mirada fue compartida con la mía.

Para Au.

Vuelves

Vuelves como una hoja de otoño que cae en primavera. Vuelves y me sorprendes con tu esencia, con a belleza que los años solo han podido aumentar.

Vuelves y te presentas como alguien que desconozco, como alguien distinto, alguien que me habla de memorias pasadas, de besos nunca entregados y abrazos infantiles.

Vuelves y la vida te pone frente a mi como declaración de guerra pacífica y llena de recuerdos, como golpes de una realidad que creí olvidada en el baúl de mi niñez.

Vuelves y me acaricias con ojos deslumbrantes, con una mirada nueva pero conocida, con una sonrisa tímida pero valiente y poderosa. Regresas y me remeses con tus palabras, quiero conocer, sentir la verdad de nuestro pasado.

Vuelves y es como si nunca te hubieses ido, como si tu camino sólo se hubiese apartado por capricho o equivocación. Te conozco; esa piel blanca y joven, esos pasos decididos y esos secretos a flor de piel, te conozco, desconocida.

Vuelves y contigo regresan la curiosidad, el juego de antaño y la sonrisa cómplice. ¿Qué ha sido de ti? ¿Qué sentiría al verte? ¿Qué es de aquello que vivió en un pasado?

Vuelves y yo sonrío al verte, sonrío porque veo tu mirada curiosa, tus palabras cautelosas, tu susurro inaudible.

Vuelves y llegas como si nunca te hubieses ido.

Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto. No quedes atrapado en el dogma, que es vivir como otros piensan que deberías vivir. No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición.

– Steve Jobs

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Ohana

Muchas veces hace falta perder o alejarse de algo para valorarlo realmente, para entender la importancia que tiene para uno y lo agradecidos que deberíamos estar por ser capaces de disfrutarlo y vivirlo.

Hoy escribo sobre una de las cosas más bellas y valiosas que un ser humano puede poseer, la familia. Ese núcleo que te protege, acoge y enseña a diario como vivir y enfrentar una vida llena de incertidumbres y sorpresas, ese espacio donde cuando la necesites recibirás una mano de ayuda, un consejo sincero o una sonrisa revitalizadora, el hogar donde habita el cariño más puro que el ser humano es capaz de producir.

Sé que tal vez mis palabras no le hagan sentido a todos, pero espero que sepan que la familia puede tener muchas formas; puede que sea la que te vio nacer, la biológica, puede que esté formada por aquellas personas valiosas que has conocido con los años, puede que incluso aquella mascota inseparable sea tu hogar, tu familia. O puede que sea todo esto sumado y más, sé que cuando leas esto sabrás en tu interior de quienes hablo; de aquellas personas que te hacen sonreír cuando lo necesitas, o que han dicho palabras que pese a que no querías oír las necesitabas para aprender, entender, crecer.

Crecer nos lleva inevitablemente a distanciarnos de nuestra base, no es algo malo, es algo inevitable, algo natural. Crecer nos enseña a valorar más las cosas porque aprendemos que aquello que antes dábamos por hecho, no será eterno, porque descubrimos que hasta extrañamos el grito de nuestra madre para despertarnos para ir al colegio, porque recordamos la seguridad que sentíamos al dormir bajo un mismo techo que nuestros padres, porque nos damos cuenta que los caminos que tomamos no siempre serán acompañados por aquellos a quienes amamos.

Pero la magia de la familia está ahí mismo, escondida dentro de esa distancia, dentro de las diferencias, detrás de peleas y discusiones. Lo mágico es que no importa qué tan lejos estés, no importa cuántos años pases sin hablarle a tus seres queridos, no importa lo grave que pueda ser una discusión, la base siempre estará ahí para recibirte, tus hermanos estarán para levantarte, tus padres para abrazarte, tus amigos para guiarte y hacerte reír, tu mascota para darte ese amor incondicional y puro que entregan sin pedir nada a cambio.

“Ohana significa familia y tu familia nunca te abandona ni te olvida” – Lilo y Stitch

Todos nos equivocamos durante la vida, cometemos errores y muchas veces dañamos a quienes amamos sin tener intención de hacerlo. Lo importante es saber que nunca es tarde para aprender de nuestros errores, nunca es tarde para pedir disculpas, nunca está demás pedir perdón cuando es del corazón. Ten claro que sin importar quiénes sean una familia para ti, si los consideras así es porque ellos te consideran de la misma forma, porque pese a que puedan equivocarse sabrán disculparse, sabrán perdonarte y juntos volverán a sonreír, juntos volverán a darse ánimos y a protegerse.

No temas, tu familia estará ahí para ti. Vive y equivócate, porque es la única forma en que aprenderás, y jamás olvides que ellos también lo hicieron y volverán a hacer. Nadie, ni nada es perfecto, la verdadera perfección está en aprender a apreciar las cosas dentro de su desorden, dentro de sus diferencias, dentro de su imperfección.

Ama, equivócate, discúlpate, sonríe y vive, eso es todo lo que importa. Cuida a tu familia, sean tus amigos, tus mascotas, tus padres y hermanos, tus tíos y primos, tu pareja, sea quién sea, protégela y atesórala, porque al final del día, cuando nuestras fuerzas flaqueen, cuando perdamos el camino, siempre habrá alguien ahí para recibirnos hasta que podamos volver a volar por nuestra cuenta.

Dedicado a: Ustedes.

Rosa

Hoy volviste a mi

Si escribo esto es porque llegaste a mis pensamientos una vez más, porque mi alma me exige hacerlo, si escribo no es porque quiero, es porque lo necesito.

Si escribo esto es porque siento rabia por no tenerte, porque se ahogan mis ojos con tu recuerdo, porque la vida es injusta, hermosa, única pero injusta, porque te quiero aquí, ahora y no puedo tenerte.

Si escribo esto es porque me gustaría ahogarme en alegría a tu lado, porque lo daría todo por compartir mi adultez con tu sonrisa, porque gritaría hasta perder la voz pidiendo volver a reír junto a ti, compartir junto a ti, llorar junto a ti.

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